miércoles, 1 de septiembre de 2010

Abril de 1937 - Carta a Bernardo Soler

Hubiera querido responder cuanto antes a tu carta, pero ciertos motivos de seguridad me obligaron a partir hacia un lugar que me mantuviera a salvo. Esas palabras suyas, tan sinceras y desenfadadas, supieron llegar a aquella habitación, de paredes casi devoradas por la humedad, como un abrigo de piel que alivia del frío de la soledad, del enclaustramiento. Me sorprende que recordaras con tal precisión la dirección de mi tío L.; pensé que dejarías la carta en la antigua casa para que alguien la hiciera llegar a manos de mi madre. Cuando el tío L. se contactó conmigo sentí bastante emoción al saber que la memoria te había conservado ese lugar donde alguna vez nos embriagamos hasta el cansancio, por alguna celebración poética.

Dos días antes de recibir la carta, un grupo militar que nadie logró identificar detuvo un tren con la excusa de hacer alguna revisión, dirigida desde el gobierno, luego de que una nota anónima alertara sobre posibles irregularidades en el vagón de carga; hablaron de explosivos o material de guerra, pero no encontraron nada. Quince minutos después de reanudar su marcha, el tren explotó dejando sin vida a cientos de personas. Los medios no se han pronunciado. En la radio no se mencionó ni una palabra sobre el hecho. Las fuerzas militares del país, al menos en los círculos más cerrados a los que he tenido oportunidad de acceder, han negado el asunto. En una fiesta privada a que asistí, en calidad de amigo de un importante banquero a quien le he hecho ciertos favores impensables para la sociedad, pude escuchar a un sargento ebrio que se mofaba, ante una prostituta, de sus dotes militares y de ciertos hechos relacionados con un tren de los cuales se había encargado personalmente.

Me preocupa aburrirte demasiado con estos asuntos de intrigas políticas, mi querido Bernardo, pero a la luz de mi mundo, un poco desvencijado por ese aliento de guerra que se esparce por todo el continente, esto asuntos amenazan una tranquilidad conseguida con tantos años de esfuerzos. Me vi obligado a salir de madrugada en alguna caravana de personas sentenciadas por pequeños mensajes de muerte. Ahora espero refugiado en la casa de un “comisario de la buena luna”, nombre con el cual bautizamos a nuestro protector para evitarle problemas con las autoridades locales. Él sabrá enviar esta carta que escribo para que llegue a su destino lo antes posible. Te pido, mi amigo, que no menciones estos eventos a mi familia en caso de que lleguen a contactarte; por ahora debo permanecer en el anonimato, pero escribo esta carta para que quede constancia de los eventos actuales que me envuelven. En dos días llegará el tren que me sacará del país, luego es muy probable que el destino me lleve a Ankara donde me espera la hija de un viejo amigo.

Con sincero afecto, con temor en mi corazón de no poder comunicarme nuevamente con el mundo, quien escribe y se mantiene a salvo, esperando que Madrid te ofrezca mejores tiempos

Luis XIV, (que así debo llamarme por ahora).