viernes, 30 de julio de 2010

Fragmentos Muertitos - V

Ochoycuarentaydos de la mañana. Treintadeagosto de dosmildiez. J.J. Arreola hablando de algún poeta: "En uno de sus poemas más bellos se concibe a sí mismo como una rémora pequeñita adherida al cuerpo de la gran ballena nocturna, la esposa dormida que lo conduce en su sueño. Esa enorme ballena femenina es más o menos el mundo, del cual el poeta sólo puede cantar un fragmento, un trozo de dulce piel que lo sustenta".


Y entonces las Grayas tiraron su ojo al aire, como lanzando un dado cuyos lados circulares aumentaban la presión de Azar, de tal forma que algún amigo preocupado mandó llamar una ambulancia porque temía los acontecimientos siguientes. El ojo voló largo rato, no como si el tiempo se detuviera, sino como cuando, al voltear la mirada, se encuentra el amante con la sonrisa del amado y aún después de que aquél se pierda al doblar la esquina, la mirada sigue allí, flotando en el aire, sonriendo todavía, hasta que el parpadeo inevitable saca al hombre de su locura y todos miran al ojo que ha dado su veredicto.

[Cuando te cubriste con las manos el rostro y puede ver allí tu ojo impracticable de corrientes submarinas, colándose por las rendijas de tus dedos, abrí mi boca como abre su boca la noche justo antes del amor; porque aquél gesto de apariencia cotidiana retumbó en las puertas de la casa donde vive la belleza, y despertó a las vírgenes para que cuidaran la llama de la Diosa, y clavó hondo su mano en el pecho abierto del Oráculo que suspiraba ante el secreto revelado. Abrí mi boca, (abriendo la puerta) para devorarte entero y dejarte reposar en mi garganta de tantas palabras atascadas, para que leyeras con cuidado en las paredes de mi cuerpo, aquellas frases que he dejado escritas en tu nombre; y mientras lees, me convierto en aquél pez danzante que retiene ese gesto tuyo, tan parecido al cielo, aún después de que hayas doblado la esquina, y viéndolo lo abrazo, lo tomo entre mis dedos, quizás me lance al beso desorbitado que se posa en las pupilas, hasta que el parpadeo me regresa de nuevo a mi cuerpo de hombre y puedo ver el ojo-dado estático en el suelo]

Cuando un universo colisiona con otro universo pareciera que el fuego cegador amenaza con la muerte, pero entonces los planetas se fusionan y, hechos uno solo, ambos universos se preparan para cocinar el líquido primario del amor. Azar está de camino al hospital porque, como se había previsto, no soportó la tensión del ojo doblemente impredecible de las Grayas y sufrió un desmayo. En la cueva de las Viejas, el ojo es observado con detenimiento. "Azar debe morir" leen todos a un mismo grito, y comienzan a preparar sus trajes funerarios y a recitar sus oraciones. En el hospital se preparan los planetas para la colisión que se avecina. Azar es atendido por un grupo de médicos especialistas en desmayos y en males de ojo. Intentan muchas recetas y muchos procedimientos pero no logran hacer mucho; lo están perdiendo, se está dejando ir.

[Escribes a lo largo de mi columna vertebral, algún par de palabras que no puedo ver pero que siento como propias. No has terminado de darte una vuelta por mi cuerpo y ya estamos sentados al borde del abismo que une la tierra con el trono del aire. No me dices nada, pero sé que mañana, al despertar del día, me pedirás que te acompañe al otro lado del mundo usando los labios como alas]

Cuando el ojo anuncia la muerte de Azar a falta de una cura, cruza por la puerta una mujer de grandes carnes con la gracia de una mariposa, con su vientre enorme como si tuviera amarrado el mundo en su cintura, con los brazos anchos como alas de pegaso. Todos la miran en silencio, porque han aprendido que no se debe hablar en su presencia. "Es mujer santa, guardiana del silencio", es lo que dice la gente. Sin pedir permiso se acomoda en la camilla donde reposa el cuerpo agonizante de Azar, lo toma entre sus brazos y sacándose el seno izquierdo lo introduce en la boca del hombre; con un pequeño masaje logra que la leche salga de su cuerpo y Azar se inunda de deseo, y el ojo, allá en la caverna, se retuerce ante el destino que ha mutado en un instante. La ballena que es esa mujer silenciosa y hecha carnes, guarda de nuevo aquella fuente de la vida y abandona la habitación con la satisfacción de su misión cumplida. Azar, extasiado por semejante aparición, corre a su casa y se sienta a escribir el poema. Se siente diminuto ante aquella mujer de gigantes proporciones. "Es mi ballena", dice, y escribe las más hermosas páginas que alguien haya podido escribirle a una ballena.

[Antes de dormir me decido a leerte un cuento, y te emociona que te hable del océano y del hombre aquél que se llamaba Azar y se hizo navegante sólo para buscar a una ballena y te gusta sobre todo que te hable de ese pez pequeño que somos todos, nadando en nuestro pequeño pedazo de mundo, arrullados por el canto de la guardiana del silencio]

Fragmentos Muertitos - IV

Doceycincuentaydos de la madrugada. Veintidósdejulio de dosmildiez. Meditación: "Coro Místico.- Todo lo perecedero no es más que figura. Aquí lo Inaccesible se convierte en hecho; aquí se realiza lo Inefable. Lo Eterno-femenino nos atrae a lo alto". En boca de Goethe has de caer!!!


Cuando Perseo mató a Medusa, un poco de sangre cayó sobre sus ropas. Y como los delitos que persiguen al culpable hasta el final de los tiempos, así, aquella gota, transferida de generación en generación con la heredad del majestuoso traje de la victoria, vino a dar a los labios de Ifemia, que besando hasta la exageración a su amado Pínides, se devoró la sangre ctónica y adquiriendo una fuerza impetuosa lo acribilló con una barra de atizar fogones hasta dejarlo casi cortado en dos partes iguales.

[Cólera rabiosa. Ataque sorpresivo que toma su impulso en la matriz. Sabes amamantar a todos los hombres con tus pechos de diosa y luego los abres de tajo. Desde el alma los abres, para dejarlos salir]

En el juicio fue difícil determinar la condición de Ifemia. No había registros de que hubiese llevado estudios de historia o de literatura; apenas había alcanzado el cuarto grado de primaria. Ella insistía con que Pínides era descendiente de Perseo, por allá en un siglo lejano, antes del tiempo mismo y que su estado de locura no era otra cosa que el embrujo verde de una sangre mal nacida en el infierno, sangre de gorgona que le había robado el alma incitándola a cometer tal crimen. En todo caso, prometió matar nuevamente, porque "no había exorcismo tan fuerte como para liberar a una persona del dominio de un monstruo griego". La encerraron en un hospital psiquiátrico bajo extremas medidas y cuidados. Allá conoció a Gardel, un amigo de mi infancia que un día se despertó cantando tangos, amarrado a una camilla, y rodeado de cinco "loqueros" que le pedían un autógrafo, o al menos eso creía él, y que le mostraban los nuevos pasos con que mal-sabían bailar. Fue Gardel quien me referenció la historia de Ifemia cuando, libre de su locura, vino a dar a mi casa para que le prestara la vieja colección de LP's de mi padre. Mientras nos tomábamos un té, o un café de avellana, me habló de la sangre de la Medusa que resultó ser una mancha de labial carmín, o rojo natural número cuatro, que había disparado la ira de la pobre Ifemia luego de cinco meses de sospechas. "Una mujer engañada tiene derecho a matar", dijo Gardel con ese gesto socarrón que delataba su infidelidad.

[Así como son tus ojos de cortantes, cortan los filos de tus manos al contacto. Y de tantas veces que he prometido no saludarte la próxima vez que nos veamos, tantas veces voy deseando que me abras la carne]

Pínides murió; mas el cadáver de Pínides es sólo figura. Lo que no sabía el juez y el fiscal ignoraba en su profunda terquedad, era que, al momento del crimen, Ifemia no estaba matando a Pínides: estaba matando a la Belleza, incitadora del engaño, pues ella misma, la Ifemia de todas las mañanas con el pelo enmarañado, se sentía fea, poseedora de todos los atributos negados a la virtud que la belleza ofrece. Pínides se despertó un día y no pudo encontrar en aquella mujer de cabellos como serpientes a la joven con quien se había casado; cayó en los brazos de una delicada muchacha que almorzaba en el mismo restaurante que él y lo había invitado a un plato de caramelo fundido, aquél día que cayó un torrencial aguacero e Ifemia rezaba el rosario para que a su esposo no lo atrapara el resfriado. La mujer "enloqueció", pero su locura no es más que figura, imagen que ocultaba lo inefable, la historia de su orgullo destrozado. Se sabía-sentía fea pero no podía permitir que los demás se enteraran de ello. Prefirió la locura a la fealdad.

[Lo Eterno-femenino me atrae a lo alto. Beso tu amplio vientre que parece un globo a punto de estallarse, como si guardaras allí todo el conocimiento de este mundo y otros mundos. Si tuviera una hoja con filo ocultaría un poco mi ignorancia con los deleites que pudieran saltar desde tu ombligo. Acaso guardes los temblores de Baubo que está muy próxima a la risa. Acaso sea ese vientre como mundo, tan sólo la puerta de entrada a la cueva de tu pubis, donde se oculta el alquimista tembloroso y encarnado del amor, destilando el jugo de la vida]

"Venid a mis pechos de mujer y cambiad mi leche en hiel, espíritus del crimen, dondequiera que sirváis a la maldad en vuestra forma invisible". Con tales palabras lanzaba Lady Macbeth su alarido de guerra. El delito no era el delito en sí mismo. El delito era el desprecio de la acción transformadora con que la serpiente subía sigilosa, desde la tierra hasta los oídos, para decir: "justicia; si el hombre mata al dios se vuelve dios él mismo". El delito estaba en la mano temblorosa de su esposo. "No debes temblar, mi querido Macbeth. Endurece tu mano como roca y lanza duro el golpe. Vienes del polvo pero serás roca firme una vez asesinado el dios. Seremos poderosos; seremos estatuas en el museo sagrado de Medusa: eternos". Y con esa voz lo convenció del crimen.

[Me has ido matando poco a poco con los pequeños crímenes que guardas en tus dientes. Pero no es la muerte la que me preocupa, sino la tumba en que descansará mi cuerpo: ¿tu boca o el centro de tus piernas? Si es tu boca, tendré cuidado de no perder el alma, si es tu sexo tendré cuidado de no perder el cuerpo]

jueves, 15 de julio de 2010

Fragmentos Muertitos - III [yuxtaposición de ideas incongruentes y muy calientes]

Ocho de la noche. Quincedejulio de dosmildiez. Razón: Para Novalis, "en cada contacto se engendra una sustancia cuyo efecto dura tanto como el tacto".

Una mano se alza en el infinito negro del universo no creado. Una mano que aún no es mano porque aún no existe la palabra que la nombre. Una mano que puede ser boca con los labios gruesos y grandes, como dos piernas que se engarzan ahogando entre ellas al amante. Manos, bocas, piernas; dos continentes que se atrapan, se desprenden, en el lento flotar de sus cuerpos sobre el agua.

[Sí. Como dos Ofelias, como las dos Ofelias que me arremeten en sueños]

Le llaman Big-Bang a la explosión originaria. Y así como una bomba que se expande, esa ola que va llevándose todo a su paso, así, el primer golpe de la mano que se estrella en el vacío (mano boca pierna cordillera incluso alma), el primer engarce de las piernas sacudidas en orgasmo, en bigbang, es una ola inacabable que va empujando por las calles a los cuerpos contra los cuerpos, a las bocas contra las bocas, a las partículas, u/nas/con/tra/o/tras, en el largo encuentro del océano en la playa. "Porque toda sustancia engendrada en el contacto, es océano", dijo el pescador griego. Luego.. otro diría que fuego, otro que aire....

[Hasta que hoy, cuando me tocas, soy océano profundo inundado por el fuego que se escapa de tus manos terrenales, manos de niño desenfadado que sostiene fuerte la espada, sólo por jugar, y lanza al aire su corte..... y es con el aire que me cortas]

A los niños, el bigbang los tiene sin cuidado. Se caen, se rompen, se lastiman, se levantan, son curados por las manos, labios, continentes de su madre. Piernas que se engarzan porque "no quiere parir todavía", porque "la luna no se ha llenado por completo".

[Vuelvo a ser la misma sustancia moldeable y es entonces que descubro que ya no me tocas. Y si falta el tacto, sueño con ser barro, sueño con ser cueva, ventana de cristales empañados.... "abandonar la carne y desencajar el hueso", dijo la bailarina egipcia]

Al fuego (el que brota de la boca cuando explota un contienente), al fuego, los metales llegan al máximo de su contacto; se amalgaman y son uno-sólo-multiforme-uniforme-deforme. Acaso la piedra filosofal que cierto emperador romano confundió con un huevo prehistórico, y desechó por parecerle que todo lo que es salido del orificio anal, debe quedarse en la tierra y no en los museos. Ni en el museo de su conciencia podía contener la imagen de ese huevo; se sentía repugnante al llevarlo por ahí de la mano de sus ideas astronómicas o compartiendo el agua de tilo con sus ideas arquitectónicas. Cualquier mención del huevo aquél era castigada duramente. Y cuando el emperador iba al baño, lo hacía solo, no permitía que lo acompañaran sus amantes, tenía un ritual personalísimo que nadie nunca llegó a conocer. Los curiosos, que siempre acechan en las cortes, dijeron escuchar muchas veces ciertas palabras en griego antiguo, pero aún hoy los historiadores sospechan que no hablaba con palabras, sino que era un ritual de aullidos y gemidos que sacaba desde el vientre.

[Y si me tocas, aún a la distancia, porque con la mirada también puede tocarse, deliro con mis manos agolpadas en el pecho como nubes que esperan la tormenta y luego, al soltar la carcajada inimitable de la complicidad, soy un montón de gotas derramadas sobre el piso esmaltado que más tarde tendrás que limpiar, por fuerza]

En el acto del amor, en cambio, acto que debía ser filosófico o carnal, y no otra cosa, y nunca los dos al mismo tiempo, el emperador se daba la mayor de las libertades de contacto. "El amor, decía, no pertenece a la tierra originaria, consagrada por los dioses, sino a aquella forma mutable de la tierra que es llamada cuerpo, y que será cuerpo durante el tiempo que dure la cocción... hasta el segundo antes de volver a ser tierra". Todo lo que salía del amor, entonces, no debía entregarse a al tierra sino al cuerpo. No era ya un ritual individual sino un intercambio de brotes amorosos, salidos desde el centro de los continentes de la madre que ya se abren porque "la luna está completa". En el acto del amor, el emperador lanzaba las palabras y los pensamientos (que son esas flores afiladas con que los sabios cortaban las lenguas de los caballos salvajes, mal-llamados unicornios) sobre el cuerpo del amante, en el caso del acto filosófico, así como lanzaba su semen, en el acto carnal, para que al contacto con aquél niño frágil parecido a la inocencia se volviera fruta reverdecida o vino escanciado por Ganimedes.

[Como un niño que descubre el sentido de la muerte, voy tocando cada uno de los espacios en que habitas para transformarlos en insectos, en gusanos, en terrones de tierra con que intento conquistarte, para que dejes por un momento de esconder tu cuerpo de los terrores infantiles. Y cuando logro convencerte, jugamos a los jinetes que van en sus escobas galopando hasta la cima aquella donde se ve la media luna, la tierra que algún padre sin tierra le ha heredado a su hijo. Te caes del caballo porque es la primera vez que montas una escoba y yo te tomo de la mano intentando acomodar con fuerza las riendas en tus dedos, de huesos apenas fabricados por el tiempo. El camino es largo y no podrías soportarlo a pie. A veces, cuando te quedas dormido en el caballo, y temo que te caigas de cabeza, me subo a tu escoba y te sostengo de la barriga: juraría que un día la escuché decirme desde muy adentro, "tómame más fuerte", pero pudo ser tan sólo mi imaginación, porque cuando me ocupo de tu sueño y cabalgamos juntos en tu escoba nos convertimos en dragón, en niebla, en opio que se cuela por las venas rotas de las alcantarillas de tu cuerpo. Así, es muy difícil escuchar lo que dice tu barriga, pero pondré atención para poder contarte la próxima vez que te despiertes]

"Un preciado bálsamo destila de tu mano, como si fuera un atado de amapolas", dijo el poeta alemán.

sábado, 3 de julio de 2010

Fragmentos Muertitos - II [yuxtaposición de ideas incongruentes y muy calientes]

Doceycuarentayseis de la madrugada. Tresdejulio de dosmildiez. Coordenadas: X, Milan Kundera; Y, El libro de la risa y el olvido; Z, "La lítost es un estado de padecimiento producido por la visión de la propia miseria puesta repentinamente en evidencia. Uno de los remedios usuales contra la propia miseria es el amor".

Cuando me vio, sintió como un aleteo de codornices invadiéndole la espalda, colándose por entre sus vértebras como buscando alimento. Pudo decirme sin pudor: "tengo un montón de codornices agolpadas en mi espalda y vértebra por vértebra van casando sus patas y sus picos, van encontrando su nido". Pero no dijo nada. Más fuerte que el ardor del aleteo fue la lítost que se abrió camino entre sus huesos. Se sintió miserable al cruzarse de frente con mis ojos de muerto que centelleaban allá, en el fondo acolchado del cajón. Alguien había olvidado cerrar la tapa por una costumbre antigua de velar a los muertos con la cara al aire para ofrecerle una última visión del mundo (porque antes de ser muertos no tuvieron tiempo para detenerse a ver el mundo); nadie tuvo el cuidado de cubrir el rostro aún cuando el doctor había dicho y advertido: "está muerto, pero su cuerpo seguira teniendo reacciones post-morten durante las doce horas siguientes; es posible que se le abran los ojos, pero no se asusten, porque los muertos han sido ciegos desde siempre."

[Te veo. Puedo verte. Ya sé que no puedo pronunciar ni una palabra; por momentos siento que son mis labios los que se mueven pero son las hormigas que caminan por mi boca, y a lo largo de mi cuerpo, persiguiendo las migajas de una galleta que algún niño empacó en mi ataúd "porque no sobra", "porque el viaje es largo". A veces, creo que también me miras y es como si pudieras escucharme; tú no te das cuenta pero es justo en ese momento que sonrío]

Le tiene miedo a los muertos, desde niño, cuando su madre lo levantó para que viera la cara de su tía Margarita que había muerto de vieja por no comerse las verduras. Estaba arrugada como si se hubiera quedado mucho tiempo buscando tesoros en el tanque, pensó; y cada que se veía los dedos arrugados por el agua, se asustaba creyendo que su muerte llegaría pronto y que no alcanzaría a jugar todos los juegos del mundo. Por eso ahora que veía mis ojos, abiertos por una reacción post-morten parecida a la depravación, no podía más que sentir el grito que se formaba en la punta de su columna vertebral y subía lentamente hasta llegarle a la garganta, que esperaba con ansias semejante acontecimiento, parecido al retumbar de un corcél que se desploma.

[Te asustaste con el primer grito del hombre que insistía con que los ojos del muerto estaban abiertos y centelleaban y miraban con recelo. No pudiste contener la risa. Era una comedia latina representada por un saltimbanqui torpe que repetía una y otra vez el mismo grito y el mismo gesto en un movimiento continuo y cada vez menos dramático. Cuando paraste de reír ya toda la comitiva fúnebre estaba descolgada en arrebatos danzantes y lenguas destempladas y dientes que se salían de sus bocas en la eterna carcajada del silencio; porque ambos sabemos que antes del silencio la tierra abre su boca y tiembla]

Se fue sin decir palabra alguna. Lo cierto es que yo había muerto hace ya mucho tiempo; y el tiempo desfigura a los muertos. Vio mis ojos y gritó, creyó reconocerlos, pero no pudo ver el rostro que besara alguna vez en vida. No dijo nada. Lo invadió un rumor de espuma que se rompe duro contra los acantilados. Juro que vi una lágrima cayendo por su mejilla derecha, pero el doctor ya había insistido con la ceguera de los muertos. Se fue temprano porque había un hombre que lo esperaba en casa con la comida caliente y algún reclamo por alguna de sus imprudencias.

[No sabes que escribo para ti. Ni remotamente lo imaginas. Tengo los ojos abiertos, cansados del encierro de esa habitación en la que nada pasa; los abro para asistir al encuentro de tus pasos que son ecos de temblores oceánicos. A veces creo que me miras y sonrío. Sonrío porque me han comprado una tumba justo al lado de la tuya. Tú no lo sabes aún. Y luego tengo miedo, miedo de que no me reconozcas cuando mi cuerpo se choque con tu cuerpo en lo profundo de la tierra].

Fragmentos Muertitos - I [yuxtaposición de ideas incongruentes y muy calientes]

Onceycincuentayseis de la noche. Primerodejulio de dosmildiez. Coordenadas de meditación: Octavio Paz. Latitud: Trabajos del Poeta VII. Longitud: "Ah, un simple monosílabo bastaría para hacer saltar al mundo. Pero esta noche no hay sitio para una sola palabra más".

Y esta noche, en efecto, las palabras se han quedado colgadas en los rincones de un café; en la risa del último cuento que se desprende de la boca de Catalina, de Julieta, de Sibila... (que no importa el nombre con que la nombre sino la boca con que me nombra); en el engarce de las sonrisas furtivas que se escapan de un par de ojos de ceniza y van a dar a trompicones, despues de azotar mesa por mesa, en la punta de mis pestañas. Esta noche se han quedado las palabras durmiendo en la garganta, arrinconadas, decentes.

[Ni siquiera un monosílabo se atreve a decir "tú" por temor al "yo" que despierte un "ah". Nos acomodamos en la mesa con cuidado de no derramar la "sal", le pedimos a "él", por medio de señas, que prenda la "luz" y nos comprometemos a no pedirle "té"]

La gente nos mira como escarbando entre nuestras costillas: muchos adanes han sido saqueados en las esquinas de la historia por llevar mujeres incrustadas en la piel de sus costados. Por eso nos hemos vestido de piedra esta noche, para que sólo la lluvia pueda deslizarse por nuestras grietas milenarias. Tenemos la mirada recia para reconocer a los arqueólogos que puedan cruzarse en el camino; una vez un hombre descuidado fue capturado por tres arqueólogos venidos de Constantinopla (que de allá viene todo el mundo) y perdió tres huesos de rinoceronte que guardaba bajo su cubierta de roca omoplática y un huevo cristalizado de reptil prehistórico que cuidaba celosamente bajo la dura piedra de su entrepierna.

[La dura deglusión de la palabra 'piedra', que puede quedarse atorada, "ay", en la garganta, se va haciendo "más" suave "si" poco a poco se "va" llenando el vaso con la palabra 'lago'. "Te" miro, esperando que también "me" mires, para decirte en silencio, sin que nadie más se de cuenta: acompáñame a tirar piedrecitas al lago, piedras como ranas que, imitando el croar del viento, traigan un rumor de "tues" que mantengan en su sitio a las palabras]

Esta noche se han quedado las palabras en silencio. Esta noche me han quedado en silencio las palabras. La lluvia me distrae con su plas-plas insinuante, pero el monosílabo de turno no se atreve a imitarla.