sábado, 3 de julio de 2010

Fragmentos Muertitos - II [yuxtaposición de ideas incongruentes y muy calientes]

Doceycuarentayseis de la madrugada. Tresdejulio de dosmildiez. Coordenadas: X, Milan Kundera; Y, El libro de la risa y el olvido; Z, "La lítost es un estado de padecimiento producido por la visión de la propia miseria puesta repentinamente en evidencia. Uno de los remedios usuales contra la propia miseria es el amor".

Cuando me vio, sintió como un aleteo de codornices invadiéndole la espalda, colándose por entre sus vértebras como buscando alimento. Pudo decirme sin pudor: "tengo un montón de codornices agolpadas en mi espalda y vértebra por vértebra van casando sus patas y sus picos, van encontrando su nido". Pero no dijo nada. Más fuerte que el ardor del aleteo fue la lítost que se abrió camino entre sus huesos. Se sintió miserable al cruzarse de frente con mis ojos de muerto que centelleaban allá, en el fondo acolchado del cajón. Alguien había olvidado cerrar la tapa por una costumbre antigua de velar a los muertos con la cara al aire para ofrecerle una última visión del mundo (porque antes de ser muertos no tuvieron tiempo para detenerse a ver el mundo); nadie tuvo el cuidado de cubrir el rostro aún cuando el doctor había dicho y advertido: "está muerto, pero su cuerpo seguira teniendo reacciones post-morten durante las doce horas siguientes; es posible que se le abran los ojos, pero no se asusten, porque los muertos han sido ciegos desde siempre."

[Te veo. Puedo verte. Ya sé que no puedo pronunciar ni una palabra; por momentos siento que son mis labios los que se mueven pero son las hormigas que caminan por mi boca, y a lo largo de mi cuerpo, persiguiendo las migajas de una galleta que algún niño empacó en mi ataúd "porque no sobra", "porque el viaje es largo". A veces, creo que también me miras y es como si pudieras escucharme; tú no te das cuenta pero es justo en ese momento que sonrío]

Le tiene miedo a los muertos, desde niño, cuando su madre lo levantó para que viera la cara de su tía Margarita que había muerto de vieja por no comerse las verduras. Estaba arrugada como si se hubiera quedado mucho tiempo buscando tesoros en el tanque, pensó; y cada que se veía los dedos arrugados por el agua, se asustaba creyendo que su muerte llegaría pronto y que no alcanzaría a jugar todos los juegos del mundo. Por eso ahora que veía mis ojos, abiertos por una reacción post-morten parecida a la depravación, no podía más que sentir el grito que se formaba en la punta de su columna vertebral y subía lentamente hasta llegarle a la garganta, que esperaba con ansias semejante acontecimiento, parecido al retumbar de un corcél que se desploma.

[Te asustaste con el primer grito del hombre que insistía con que los ojos del muerto estaban abiertos y centelleaban y miraban con recelo. No pudiste contener la risa. Era una comedia latina representada por un saltimbanqui torpe que repetía una y otra vez el mismo grito y el mismo gesto en un movimiento continuo y cada vez menos dramático. Cuando paraste de reír ya toda la comitiva fúnebre estaba descolgada en arrebatos danzantes y lenguas destempladas y dientes que se salían de sus bocas en la eterna carcajada del silencio; porque ambos sabemos que antes del silencio la tierra abre su boca y tiembla]

Se fue sin decir palabra alguna. Lo cierto es que yo había muerto hace ya mucho tiempo; y el tiempo desfigura a los muertos. Vio mis ojos y gritó, creyó reconocerlos, pero no pudo ver el rostro que besara alguna vez en vida. No dijo nada. Lo invadió un rumor de espuma que se rompe duro contra los acantilados. Juro que vi una lágrima cayendo por su mejilla derecha, pero el doctor ya había insistido con la ceguera de los muertos. Se fue temprano porque había un hombre que lo esperaba en casa con la comida caliente y algún reclamo por alguna de sus imprudencias.

[No sabes que escribo para ti. Ni remotamente lo imaginas. Tengo los ojos abiertos, cansados del encierro de esa habitación en la que nada pasa; los abro para asistir al encuentro de tus pasos que son ecos de temblores oceánicos. A veces creo que me miras y sonrío. Sonrío porque me han comprado una tumba justo al lado de la tuya. Tú no lo sabes aún. Y luego tengo miedo, miedo de que no me reconozcas cuando mi cuerpo se choque con tu cuerpo en lo profundo de la tierra].

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