viernes, 30 de julio de 2010

Fragmentos Muertitos - IV

Doceycincuentaydos de la madrugada. Veintidósdejulio de dosmildiez. Meditación: "Coro Místico.- Todo lo perecedero no es más que figura. Aquí lo Inaccesible se convierte en hecho; aquí se realiza lo Inefable. Lo Eterno-femenino nos atrae a lo alto". En boca de Goethe has de caer!!!


Cuando Perseo mató a Medusa, un poco de sangre cayó sobre sus ropas. Y como los delitos que persiguen al culpable hasta el final de los tiempos, así, aquella gota, transferida de generación en generación con la heredad del majestuoso traje de la victoria, vino a dar a los labios de Ifemia, que besando hasta la exageración a su amado Pínides, se devoró la sangre ctónica y adquiriendo una fuerza impetuosa lo acribilló con una barra de atizar fogones hasta dejarlo casi cortado en dos partes iguales.

[Cólera rabiosa. Ataque sorpresivo que toma su impulso en la matriz. Sabes amamantar a todos los hombres con tus pechos de diosa y luego los abres de tajo. Desde el alma los abres, para dejarlos salir]

En el juicio fue difícil determinar la condición de Ifemia. No había registros de que hubiese llevado estudios de historia o de literatura; apenas había alcanzado el cuarto grado de primaria. Ella insistía con que Pínides era descendiente de Perseo, por allá en un siglo lejano, antes del tiempo mismo y que su estado de locura no era otra cosa que el embrujo verde de una sangre mal nacida en el infierno, sangre de gorgona que le había robado el alma incitándola a cometer tal crimen. En todo caso, prometió matar nuevamente, porque "no había exorcismo tan fuerte como para liberar a una persona del dominio de un monstruo griego". La encerraron en un hospital psiquiátrico bajo extremas medidas y cuidados. Allá conoció a Gardel, un amigo de mi infancia que un día se despertó cantando tangos, amarrado a una camilla, y rodeado de cinco "loqueros" que le pedían un autógrafo, o al menos eso creía él, y que le mostraban los nuevos pasos con que mal-sabían bailar. Fue Gardel quien me referenció la historia de Ifemia cuando, libre de su locura, vino a dar a mi casa para que le prestara la vieja colección de LP's de mi padre. Mientras nos tomábamos un té, o un café de avellana, me habló de la sangre de la Medusa que resultó ser una mancha de labial carmín, o rojo natural número cuatro, que había disparado la ira de la pobre Ifemia luego de cinco meses de sospechas. "Una mujer engañada tiene derecho a matar", dijo Gardel con ese gesto socarrón que delataba su infidelidad.

[Así como son tus ojos de cortantes, cortan los filos de tus manos al contacto. Y de tantas veces que he prometido no saludarte la próxima vez que nos veamos, tantas veces voy deseando que me abras la carne]

Pínides murió; mas el cadáver de Pínides es sólo figura. Lo que no sabía el juez y el fiscal ignoraba en su profunda terquedad, era que, al momento del crimen, Ifemia no estaba matando a Pínides: estaba matando a la Belleza, incitadora del engaño, pues ella misma, la Ifemia de todas las mañanas con el pelo enmarañado, se sentía fea, poseedora de todos los atributos negados a la virtud que la belleza ofrece. Pínides se despertó un día y no pudo encontrar en aquella mujer de cabellos como serpientes a la joven con quien se había casado; cayó en los brazos de una delicada muchacha que almorzaba en el mismo restaurante que él y lo había invitado a un plato de caramelo fundido, aquél día que cayó un torrencial aguacero e Ifemia rezaba el rosario para que a su esposo no lo atrapara el resfriado. La mujer "enloqueció", pero su locura no es más que figura, imagen que ocultaba lo inefable, la historia de su orgullo destrozado. Se sabía-sentía fea pero no podía permitir que los demás se enteraran de ello. Prefirió la locura a la fealdad.

[Lo Eterno-femenino me atrae a lo alto. Beso tu amplio vientre que parece un globo a punto de estallarse, como si guardaras allí todo el conocimiento de este mundo y otros mundos. Si tuviera una hoja con filo ocultaría un poco mi ignorancia con los deleites que pudieran saltar desde tu ombligo. Acaso guardes los temblores de Baubo que está muy próxima a la risa. Acaso sea ese vientre como mundo, tan sólo la puerta de entrada a la cueva de tu pubis, donde se oculta el alquimista tembloroso y encarnado del amor, destilando el jugo de la vida]

"Venid a mis pechos de mujer y cambiad mi leche en hiel, espíritus del crimen, dondequiera que sirváis a la maldad en vuestra forma invisible". Con tales palabras lanzaba Lady Macbeth su alarido de guerra. El delito no era el delito en sí mismo. El delito era el desprecio de la acción transformadora con que la serpiente subía sigilosa, desde la tierra hasta los oídos, para decir: "justicia; si el hombre mata al dios se vuelve dios él mismo". El delito estaba en la mano temblorosa de su esposo. "No debes temblar, mi querido Macbeth. Endurece tu mano como roca y lanza duro el golpe. Vienes del polvo pero serás roca firme una vez asesinado el dios. Seremos poderosos; seremos estatuas en el museo sagrado de Medusa: eternos". Y con esa voz lo convenció del crimen.

[Me has ido matando poco a poco con los pequeños crímenes que guardas en tus dientes. Pero no es la muerte la que me preocupa, sino la tumba en que descansará mi cuerpo: ¿tu boca o el centro de tus piernas? Si es tu boca, tendré cuidado de no perder el alma, si es tu sexo tendré cuidado de no perder el cuerpo]

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