Querido Bernardo:
Aunque intento recordar los acontecimientos sucedidos en nuestro último encuentro en la Calle de las Ánimas, las imágenes difusas de aquella tarde se mezclan con los recuerdos de otros días que fueron fieles testigos de nuestros juegos infantiles, porque en aquella calle siempre fuimos niños, de suerte que en un recuerdo estás vestido de azul y en otro tienes una camisa blanca de esas que incitan al café a derramarse; luego te veo escondido detrás del muro aquél donde tantas veces nos escondimos para espiar a Dolores o María o Casandra, aquella mujer de tantos nombres y ninguno que ocupó gran parte de nuestros delirios juveniles (¿cómo habrían sido las cosas si le hubiéramos preguntado su nombre en vez de nombrarla a nuestro antojo, si la hubiésemos invitado al Café del Camino para que el viejo Eustaquio le ofreciera su mejor café en nuestro nombre?); más tarde te veo sentado en el borde de uno de los tejados lanzando una ráfaga de proyectiles que es esa orina caliente con que te gustaba asustar a los gatos. Y sumido, así, en mis pensamientos, con la vergüenza propia de quien no logra recordar los últimos minutos que pasó junto a su amigo de siempre, recuerdo las lágrimas de aquella tarde y me veo los ojos nublados por esa tela densa del amor que parece refugiarnos ante el dolor de una despedida.
La memoria tiene sus entronques, algunos suaves como el caer de dos cuerpos en un colchón mullido, otros duros como el batallar de dos almas que deben separarse más por obligación que por derecho. En el último recuerdo de nuestra amistad, te veo de pie junto al muro más alto de la Calle de las Ánimas alzando tus manos al viento como queriendo decir: “si alguna vez regresas a este puerto la estatua de nuestra amistad seguirá de pie, esperando”. Me fui con el corazón lleno de deseos de volver, de recorrer las calles de nuestra ciudad tranquila y musical, porque allí todo era música, desde los tacones de Dolores-María-Casandra hasta los golpeteos de la lluvia sobre el espantado cuerpo de los gatos. Y aquí, después de tantos años, ante el probable regreso a aquella tierra que está tan clavada en lo profundo del pecho, clamo al cielo por la existencia de aquella estatua que aún con el cambiar de las ciudades, espero siga en su sitio, tan grande, tan sublime como antes.
Como desconozco tu paradero actual, envío esta carta a manos de tu madre, que tantas veces fue mi madre, con la esperanza de que la haga llegar lo antes posible a su destino y que, con la prontitud del rayo que mutila el viento y desgaja los árboles, me escribas una respuesta que alivie un poco la carga de mis días. En los tiempos de sequía, los amigos son los mejores consejeros; más aún si la sequía tiene su origen en el corazón. Seis años de matrimonio me bastaron para abrirme una herida del tamaño del pecho. Luego, los rumores de guerra desataron una incontrolable niebla de sospecha en esta ciudad, que no debo nombrar por temor a represalias; se hizo imposible salir a la calle sin ser observado con cautela por los vecinos y los prevenidos transeúntes; aquellos que antes saludaban a viva voz y con toda la cordialidad de quien se preocupa por los asuntos del otro, ahora volteaban la mirada como si persiguieran ratones por los huecos de las alcantarillas para evitar el saludo. El tiempo apremia y es preciso que salga de aquí lo antes posible: parece que están persiguiendo a todo aquél que tenga debilidad por los artistas.
A veces, cuando la noche se agita demasiado por los impulsos magnéticos del disco lunar, las almas se contraen sobre sí mismas y parecen refugiarse en los labios del amante de turno, en las algarabías de los niños del barrio que son fieles confidentes del ridículo, en las risas agitadas de los perros que ya no se detienen ante el hueso descarnado. A veces, esas almas parecen llorar, pero no son lágrimas las que salen de las cuencas abiertas de sus ojos; salen palabras que dicen lo que los labios no se atreven a decir por temor a ser asesinados por el beso mayor de la Censura. Ni aún con todos los escapes hacia la libertad que ofrece la intimidad de mi imaginación exaltada logro sentirme a salvo. Anoche lloré y me siento orgulloso de ello, eran lágrimas cargadas de memoria, lágrimas que me empujaban sobre mis pasos para hacerme fuerte. Y ahora que escribo estas palabras, sentidas con el alma, siento que me desprendo de un pesar tan grande como el pesar mismo, al saber que en algún lugar del mundo está mi hogar y que Bernardo Soler, mi cómplice de tantos trances, sabrá escuchar mis palabras y sonreír.
Con el amor en los labios y en los dedos, tu compañero, tu hermano,
Antonio Verden
miércoles, 25 de agosto de 2010
lunes, 23 de agosto de 2010
Fragmentos Muertitos - VIII
En algún momento del tiempo. Nada más que un fragmento.
Él, a quien llamaremos Ene, y ella, a quien llamaremos Qu, eran compañeros de clase, se sentaban en pupitres subsiguientes y compartían una que otra tarea y alguna respuesta en el examen. Ene era el tipo de niño gracioso, de poco estudiar y mucho alzarle la falda a cuanta mujer se cruzara en su camino. Qu no estudiaba más de lo necesario y pasaba la mitad de su tiempo sumida en sus delirios de amor y en los juegos inocentes de un cuerpo que mostraba los primeros indicios de la femineidad. Y Yo, a quien llamaré simplemente Yo era el hijo de una profesora y había aprendido a leer y a escribir antes que los demás y recitaba de memoria los departamentos y sus capitales.
Ene no era precisamente amigo de Yo, pero un día, de esos que coinciden con alguna extraña alineación planetaria, estaban allí sentados en el jardín de la casa de Yo, hablando de caballos y helicópteros y de sus correrías infantiles, hasta que Ene rompió el equilibrio y como un ternero que ya su madre no quiere amamantar, se convirtió en hombre. Ante la vista incrédula de Yo, abrió la boca como si fuera a devorarse de una carcajada el patio entero y la casa con sus muebles, resopló como resoplan las bestias salvajes y dijo, agarrándose el cinto con ambas manos, en posición de vaquero: estoy enamorado. Unos segundos después estaba Yo escribiendo un carta de amor salida desde lo más hondo de la emoción infantil y desde lo más sentido de su cuerpo apenas explorado. Y fue con esas palabras, que Yo olvidara pronto, que Ene conquistó a Qu.
S era una niña hermosa, de esas que al voltear la cara para ver a su alrededor, lo petrifican todo. S serpiente. S de cabello largo. S incrustada en el espacio cóncavo de la barriga. S de media luna. S con sabor a vainilla. Ese pequeño detalle poético de saber atravesar el corazón de la mujer amada, del hombre amado, con el dardo afilado de la palabra agresiva, agresiva como el amor mismo que golpea con sus cascos de caballo indomable y fractura las costillas, y a veces mata. S que recibía una carta de amor de las manos de Yo, y luego, rompiendo el papel, lanzaba su golpe directo a la cabeza del niño que, petrificado, no se dio cuenta en qué momento se había convertido en el objeto de burla de todo el patio de recreo. Pero el ridículo no es, ni de lejos, más vergonzante que la negativa al amor; Yo se sentó junto a la ventana aquella tarde y mirando las figuras de las nubes creyó ver el destino: sus palabras podían enamorar a cualquiera, menos a la mujer, o al hombre, como sabría más tarde, que se llevara su corazón en los labios.
.......................................................................................................................................................................
Los saltos en el tiempo no son, hoy, una historia de la ciencia ficción. En algún lugar del mundo, muy seguramente, alguien está viajando en el tiempo para reparar, si es que se puede, un error cometido. He sabido de historias de personas que han dicho "te quiero" y han desaparecido al instante; que tal vez al sentirse insatisfechas hayan regresado en el tiempo para secuestrarse a sí mismas y evitarse ese mal trance. Cuentan quienes han vivido esa experiencia que luego del desvanecimiento, en el espacio que ocupaba esa persona queda una pequeña estela de vapor o de energía concentrada con forma de gusano, que se va estirando por unos cuantos segundos, hasta desaparecer en una breve explosión apenas perceptible por el oído humano; los más curiosos se han acercado demasiado al agujero y han estado a punto de ser absorbidos por él. El caso más dramático que conocí fue el de un hombre que acababa de salir de una cirugía de corazón y se acercó tanto a uno de esos agujeros que el gusano le abrió por completo el pecho y se devoró el corazón enviándolo quién sabe a qué lugar en el tiempo.
Así es como Yo, sumido en sus meditaciones tomó por equivocación la ruta de uno de estos gusanos y fue a parar, al instante, mucho tiempo después, ante la mirada de Efe. Efe animal salvaje que parece correr a la par del viento. Efe con un par de ojos incrustados en lo más profundo del océano. Efe armado hasta los dientes con los impulsos rabiosos con que la luna agita las mareas. Efe que se toma su tiempo para desfigurar el rostro ante la presencia de Yo, quien, aún mareado por el viaje, no puede más que tropezar con algún artilugio del amor mal acomodado en el piso y dando tumbos se va al suelo, en un desmayo inevitable que viene seguido de la ceguera.
Hay golpes de cabeza que pueden producir ceguera. Son sobre todo aquellos golpes producidos por la caída libre de un cuerpo A sobre un cuerpo B, a toda velocidad y sin oposición del viento. El que cae, a veces, recibe la peor parte. Si el cuerpo B, dándose cuenta a tiempo de semejante asalto, se corre un poco para evitar el choque, el cuerpo A tendrá un amplio porcentaje de posibilidades de fractura. Dicen, aunque no es asunto confirmado, que alguna vez en Praga un militar vio, desde el techo en que estaba encaramado, a una mujer tan hermosa como la belleza misma y sin pensarlo se lanzó de un salto, porque temía no encontrarla al bajar las escaleras. La mujer se asustó con el ritual de una paloma que gritaba casi con voz humana y salió corriendo del lugar. Sin saberlo siquiera, esquivó el salto de amor de aquél militar enloquecido que se estrelló duro contra el pavimento y fracturándose todos los huesos, se fracturó también el alma; o al menos así quedó registrado en el reporte oficial: fractura múltiple del alma. Aunque los más escépticos han estudiado los supuestos documentos oficiales y aseguran: "que el nombre del militar fracturado era Willhelm Alma, por lo que los mencionados documentos se referían al apellido y no al concepto almático, sobre el cual, de todos modos, los grandes sabios de la humanidad no se han puesto nunca de acuerdo".
Efe se hizo cargo de Yo, aunque no alcanzaba a comprender todavía esa extraña historia de los viajes en el tiempo y los gusanos y la caída libre del amor. Cada noche, antes de dormir, Efe se acostaba al lado de Yo y abrazándolo le hablaba del color del cielo y de la casa y todas las cosas que había visto en el día. Con los días, Yo se aprendió de memoria el cuerpo de Efe. Llegó a pensar que incluso podría permanecer ciego por siempre, pues no era necesario verlo para acomodarse perfectamente a la curvatura de sus huesos. Ese reconocimiento, que ni siquiera había logrado con su propio cuerpo, esa conciencia edípica que se despertaba como el aleteo de un zumbido oracular, ese vuelo del destino que le azotaba ahora la cabeza y luego las piernas y las manos y más tarde los labios, ese todo inmutable del amor acelerado, del amor reconocible, porque Yo reconocía en Efe todo un universo practicable y aplicable del amor y de la alquimia, ese uno-sólo con que acoplaba a Efe con el universo mismo, era el misterio revelado de la creación, era la explosión originaria; y creyó por un instante que era Júpiter orbitando al rededor del sol, y luego Mercurio que corría veloz para alcanzar a Efe-Saturno y regalarle un cinturón de estrellas que no tuviera que envidiarle nada a Orión. Hasta que Efe colapsó y en una de las conversaciones nocturnas, luego de que un cometa perdido lo sacará de un golpe de su órbita, besó a Yo en los labios como si le besara el corazón, y lo tomó con fuerza de las manos como si quisiera amarrarle el alma en un abrazo y Yo, respirando, como si ya no hubiera aire en Plutón, abrió los ojos y pudo ver.
Yo se sentía como una vestal iniciada y ardía en deseos por proteger eternamente ese fuego sagrado de Afrodita que es la luz en los ojos del amante. Efe quiso celebrar semejante acontecimiento de la luz recuperada y abriendo de par en par las ventanas de la casa, le propuso a Yo que se dieran un paseo por el mar.
[Ahí estás vos, sentado en el borde del muelle, tocando el agua con las puntas de los pies, sonriendo como si supieras que los peces te sonríen desde lo profundo, porque saben reconocerse en el reflejo que les dicta tu mirada. Me acerco y te ofrezco un poco de alimento para peces que dejas caer al instante sobre la superficie de las aguas; te quedas viendo cómo se hunde el alimento y pareces recordar las historias de naufragios que te contara yo alguna vez mientras dormías. Luego me tomas por sorpresa y me lanzas al abismo: mi cuerpo se hunde rápidamente y puedo ver a los peces ocupados en su almuerzo, me apresuro a salir para respirar y ya vienes cayendo encima con toda la seguridad del niño que, al lanzarse al agua, sabe que debe aferrarse al borde para evitar el hundimiento. Te aferras a mí y me convences de nadar mar adentro. De lejos, la costa se parece a un perro que duerme la siesta de la tarde y de vez en cuando mueve la cola que es una ola acompasada que empuja a los bañistas suavemente hacia la orilla. Luego, la costa ya no es un perro sino una línea fragmentada que divide la vida del amor, porque allá está la vida, y aquí, en el mar abierto está el amor. Me rodeas la cintura con las manos y me besas como besando el horizonte, que te obliga a ir cada vez más allá. Las aguas se agitan y en la ciudad alguien anuncia el estado del tiempo. La tormenta se hace visible y en poco tiempo un remolinó está empujándonos hacia el fondo del océano. En un segundo respiro y en otro tengo los ojos inundados de corrientes oceánicas. Las olas nos revuelcan como potros salvajes, nos atacan, nos empujan hacia arriba y hacia el fondo. Nuestros cuerpos, habituados tan pronto a las pulsiones agresivas de las aguas, van deslizándose como olas submarinas que en su venir y devenir traen el ahogo. Me ahogo de vos, te ahogas de mi. Se ahoga el mar de nosotros. Y allá en la costa que ahora es un puñado de arena desprendida de las manos de los dioses, la espuma se desliza con la calma de la brisa que anuncia el fin de la tormenta. Va y viene el mar en el encuentro de la playa, va y viene como el impulso descarnado de la luna que aumenta la marea, que la lleva a su punto más alto, y la deja caer nuevamente como se dejan caer nuestros cuerpos, uno sobre el otro, en el respiro infinito del orgasmo]
Pero algo que quizás confundieron con una tormenta y no era otra cosa que un agujero de gusano, absorbió a Yo y a Efe y los mandó quién sabe a qué lugar en el tiempo, lejos el uno del otro. Y allí, donde desaparecieron, el mar se agita eternamente, como si esperara su regreso.
[Dicen que Yo se dedicó a escribir pequeños fragmentos del amor para poder entregárselos a Efe, si es que algún día, por equivocación, Efe viene a parar en su puerta. Aunque sabe que sus palabras no podrán conquistarlo, intentará traducir cada frase en un beso lanzado al viento...]
FIN
Él, a quien llamaremos Ene, y ella, a quien llamaremos Qu, eran compañeros de clase, se sentaban en pupitres subsiguientes y compartían una que otra tarea y alguna respuesta en el examen. Ene era el tipo de niño gracioso, de poco estudiar y mucho alzarle la falda a cuanta mujer se cruzara en su camino. Qu no estudiaba más de lo necesario y pasaba la mitad de su tiempo sumida en sus delirios de amor y en los juegos inocentes de un cuerpo que mostraba los primeros indicios de la femineidad. Y Yo, a quien llamaré simplemente Yo era el hijo de una profesora y había aprendido a leer y a escribir antes que los demás y recitaba de memoria los departamentos y sus capitales.
Ene no era precisamente amigo de Yo, pero un día, de esos que coinciden con alguna extraña alineación planetaria, estaban allí sentados en el jardín de la casa de Yo, hablando de caballos y helicópteros y de sus correrías infantiles, hasta que Ene rompió el equilibrio y como un ternero que ya su madre no quiere amamantar, se convirtió en hombre. Ante la vista incrédula de Yo, abrió la boca como si fuera a devorarse de una carcajada el patio entero y la casa con sus muebles, resopló como resoplan las bestias salvajes y dijo, agarrándose el cinto con ambas manos, en posición de vaquero: estoy enamorado. Unos segundos después estaba Yo escribiendo un carta de amor salida desde lo más hondo de la emoción infantil y desde lo más sentido de su cuerpo apenas explorado. Y fue con esas palabras, que Yo olvidara pronto, que Ene conquistó a Qu.
S era una niña hermosa, de esas que al voltear la cara para ver a su alrededor, lo petrifican todo. S serpiente. S de cabello largo. S incrustada en el espacio cóncavo de la barriga. S de media luna. S con sabor a vainilla. Ese pequeño detalle poético de saber atravesar el corazón de la mujer amada, del hombre amado, con el dardo afilado de la palabra agresiva, agresiva como el amor mismo que golpea con sus cascos de caballo indomable y fractura las costillas, y a veces mata. S que recibía una carta de amor de las manos de Yo, y luego, rompiendo el papel, lanzaba su golpe directo a la cabeza del niño que, petrificado, no se dio cuenta en qué momento se había convertido en el objeto de burla de todo el patio de recreo. Pero el ridículo no es, ni de lejos, más vergonzante que la negativa al amor; Yo se sentó junto a la ventana aquella tarde y mirando las figuras de las nubes creyó ver el destino: sus palabras podían enamorar a cualquiera, menos a la mujer, o al hombre, como sabría más tarde, que se llevara su corazón en los labios.
.......................................................................................................................................................................
Los saltos en el tiempo no son, hoy, una historia de la ciencia ficción. En algún lugar del mundo, muy seguramente, alguien está viajando en el tiempo para reparar, si es que se puede, un error cometido. He sabido de historias de personas que han dicho "te quiero" y han desaparecido al instante; que tal vez al sentirse insatisfechas hayan regresado en el tiempo para secuestrarse a sí mismas y evitarse ese mal trance. Cuentan quienes han vivido esa experiencia que luego del desvanecimiento, en el espacio que ocupaba esa persona queda una pequeña estela de vapor o de energía concentrada con forma de gusano, que se va estirando por unos cuantos segundos, hasta desaparecer en una breve explosión apenas perceptible por el oído humano; los más curiosos se han acercado demasiado al agujero y han estado a punto de ser absorbidos por él. El caso más dramático que conocí fue el de un hombre que acababa de salir de una cirugía de corazón y se acercó tanto a uno de esos agujeros que el gusano le abrió por completo el pecho y se devoró el corazón enviándolo quién sabe a qué lugar en el tiempo.
Así es como Yo, sumido en sus meditaciones tomó por equivocación la ruta de uno de estos gusanos y fue a parar, al instante, mucho tiempo después, ante la mirada de Efe. Efe animal salvaje que parece correr a la par del viento. Efe con un par de ojos incrustados en lo más profundo del océano. Efe armado hasta los dientes con los impulsos rabiosos con que la luna agita las mareas. Efe que se toma su tiempo para desfigurar el rostro ante la presencia de Yo, quien, aún mareado por el viaje, no puede más que tropezar con algún artilugio del amor mal acomodado en el piso y dando tumbos se va al suelo, en un desmayo inevitable que viene seguido de la ceguera.
Hay golpes de cabeza que pueden producir ceguera. Son sobre todo aquellos golpes producidos por la caída libre de un cuerpo A sobre un cuerpo B, a toda velocidad y sin oposición del viento. El que cae, a veces, recibe la peor parte. Si el cuerpo B, dándose cuenta a tiempo de semejante asalto, se corre un poco para evitar el choque, el cuerpo A tendrá un amplio porcentaje de posibilidades de fractura. Dicen, aunque no es asunto confirmado, que alguna vez en Praga un militar vio, desde el techo en que estaba encaramado, a una mujer tan hermosa como la belleza misma y sin pensarlo se lanzó de un salto, porque temía no encontrarla al bajar las escaleras. La mujer se asustó con el ritual de una paloma que gritaba casi con voz humana y salió corriendo del lugar. Sin saberlo siquiera, esquivó el salto de amor de aquél militar enloquecido que se estrelló duro contra el pavimento y fracturándose todos los huesos, se fracturó también el alma; o al menos así quedó registrado en el reporte oficial: fractura múltiple del alma. Aunque los más escépticos han estudiado los supuestos documentos oficiales y aseguran: "que el nombre del militar fracturado era Willhelm Alma, por lo que los mencionados documentos se referían al apellido y no al concepto almático, sobre el cual, de todos modos, los grandes sabios de la humanidad no se han puesto nunca de acuerdo".
Efe se hizo cargo de Yo, aunque no alcanzaba a comprender todavía esa extraña historia de los viajes en el tiempo y los gusanos y la caída libre del amor. Cada noche, antes de dormir, Efe se acostaba al lado de Yo y abrazándolo le hablaba del color del cielo y de la casa y todas las cosas que había visto en el día. Con los días, Yo se aprendió de memoria el cuerpo de Efe. Llegó a pensar que incluso podría permanecer ciego por siempre, pues no era necesario verlo para acomodarse perfectamente a la curvatura de sus huesos. Ese reconocimiento, que ni siquiera había logrado con su propio cuerpo, esa conciencia edípica que se despertaba como el aleteo de un zumbido oracular, ese vuelo del destino que le azotaba ahora la cabeza y luego las piernas y las manos y más tarde los labios, ese todo inmutable del amor acelerado, del amor reconocible, porque Yo reconocía en Efe todo un universo practicable y aplicable del amor y de la alquimia, ese uno-sólo con que acoplaba a Efe con el universo mismo, era el misterio revelado de la creación, era la explosión originaria; y creyó por un instante que era Júpiter orbitando al rededor del sol, y luego Mercurio que corría veloz para alcanzar a Efe-Saturno y regalarle un cinturón de estrellas que no tuviera que envidiarle nada a Orión. Hasta que Efe colapsó y en una de las conversaciones nocturnas, luego de que un cometa perdido lo sacará de un golpe de su órbita, besó a Yo en los labios como si le besara el corazón, y lo tomó con fuerza de las manos como si quisiera amarrarle el alma en un abrazo y Yo, respirando, como si ya no hubiera aire en Plutón, abrió los ojos y pudo ver.
Yo se sentía como una vestal iniciada y ardía en deseos por proteger eternamente ese fuego sagrado de Afrodita que es la luz en los ojos del amante. Efe quiso celebrar semejante acontecimiento de la luz recuperada y abriendo de par en par las ventanas de la casa, le propuso a Yo que se dieran un paseo por el mar.
[Ahí estás vos, sentado en el borde del muelle, tocando el agua con las puntas de los pies, sonriendo como si supieras que los peces te sonríen desde lo profundo, porque saben reconocerse en el reflejo que les dicta tu mirada. Me acerco y te ofrezco un poco de alimento para peces que dejas caer al instante sobre la superficie de las aguas; te quedas viendo cómo se hunde el alimento y pareces recordar las historias de naufragios que te contara yo alguna vez mientras dormías. Luego me tomas por sorpresa y me lanzas al abismo: mi cuerpo se hunde rápidamente y puedo ver a los peces ocupados en su almuerzo, me apresuro a salir para respirar y ya vienes cayendo encima con toda la seguridad del niño que, al lanzarse al agua, sabe que debe aferrarse al borde para evitar el hundimiento. Te aferras a mí y me convences de nadar mar adentro. De lejos, la costa se parece a un perro que duerme la siesta de la tarde y de vez en cuando mueve la cola que es una ola acompasada que empuja a los bañistas suavemente hacia la orilla. Luego, la costa ya no es un perro sino una línea fragmentada que divide la vida del amor, porque allá está la vida, y aquí, en el mar abierto está el amor. Me rodeas la cintura con las manos y me besas como besando el horizonte, que te obliga a ir cada vez más allá. Las aguas se agitan y en la ciudad alguien anuncia el estado del tiempo. La tormenta se hace visible y en poco tiempo un remolinó está empujándonos hacia el fondo del océano. En un segundo respiro y en otro tengo los ojos inundados de corrientes oceánicas. Las olas nos revuelcan como potros salvajes, nos atacan, nos empujan hacia arriba y hacia el fondo. Nuestros cuerpos, habituados tan pronto a las pulsiones agresivas de las aguas, van deslizándose como olas submarinas que en su venir y devenir traen el ahogo. Me ahogo de vos, te ahogas de mi. Se ahoga el mar de nosotros. Y allá en la costa que ahora es un puñado de arena desprendida de las manos de los dioses, la espuma se desliza con la calma de la brisa que anuncia el fin de la tormenta. Va y viene el mar en el encuentro de la playa, va y viene como el impulso descarnado de la luna que aumenta la marea, que la lleva a su punto más alto, y la deja caer nuevamente como se dejan caer nuestros cuerpos, uno sobre el otro, en el respiro infinito del orgasmo]
Pero algo que quizás confundieron con una tormenta y no era otra cosa que un agujero de gusano, absorbió a Yo y a Efe y los mandó quién sabe a qué lugar en el tiempo, lejos el uno del otro. Y allí, donde desaparecieron, el mar se agita eternamente, como si esperara su regreso.
[Dicen que Yo se dedicó a escribir pequeños fragmentos del amor para poder entregárselos a Efe, si es que algún día, por equivocación, Efe viene a parar en su puerta. Aunque sabe que sus palabras no podrán conquistarlo, intentará traducir cada frase en un beso lanzado al viento...]
FIN
viernes, 13 de agosto de 2010
Fragmentos Muertitos - VII
Dosymediadelamadrugada. Dosdeagosto de dosmildiez. En blanco.
Y él asintió con la cabeza porque no pudo decirle ya con la boca lo mucho que la extrañaría, pero ella nunca había aprendido a interpretar sus gestos, por lo que se fue creyendo que simplemente estaba despidiéndose al hacer aquél movimiento de avestruz con la cabeza; pero no bien hubo avanzado el tren poco más de medio kilómetro, él sacó del bolsillo de su pantalón el pañuelo amarillo del amor y ella, desde la distancia, sonrió y buscando su lugar en el asiento pensó: "Nos veremos nuevamente" y siguió sonriendo hasta que hubo llegado a su destino.
[Te despides de mi con ese gesto impracticable del deseo, que es la excusa primaria del amor. Me sonríes como si tu boca fuera ese pañuelo amarillo que me hace regresar. Y yo, en secreto, sueño con que se oxiden los rieles con la lluvia, para no tener que emprender nunca más el viaje, para quedarme allí, mirándote, mientras escribo estas palabras]
Los rieles se oxidaron cuando ella estaba al otro lado de la vida, lejos de él, soñando con su pañuelo amarillo. Sentada en la ventana, la mujer sólo puede mirar a las aves que se pasean por los cielos; a su lado, en una mecedora que no ha dejado de crujir con los años, está sentada la ausencia. Toma su lápiz y se coloca en posición de ataque; su desnudez, tan pálida, hace juego con aquél rojo del labial en el espejo, y un infinito deseo de sangre se apodera de aquél pequeño trozo de madera y de grafito. La ausencia es una vieja loca que no bien orina en cada rincón de la casa, se mete a la cocina y se roba el alimento. El lápiz en alto, la mecedora crujiendo y luego la carne penetrada que escribe sobre el piso de madera una palabra parecida a la tristeza.
[Con el asomo de tus piernas que cruzan los umbrales del rincón en que me encuentro, se agitan los lápices como borrando los errores de la ausencia, escribiendo nuevas frases que guardo dulcemente en las esquinas de mis dedos y que dejo caer sobre tu espalda en el abrazo con que te beso en sueños]
Y luego un día pudo la mujer ver el pájaro más grande y más hermoso que volaba cerca a su ventana. Sonrió al reconocerlo. El hombre pidió disculpas por haberse demorado tanto. "Lleva tiempo hacerse un buen par de alas", le dijo y la llevó lejos volando de regreso por el camino silencioso donde antes se escuchara mugir el tren con su ímpetu de toro rabioso. Ahora sólo quedaban los rieles recubiertos por sendos matorrales que iban devorando a su paso todo cuanto se encontraban, todo menos el amor, el amor volaba como un pañuelo amarillo robado por el viento del bolsillo del amante.
Y él asintió con la cabeza porque no pudo decirle ya con la boca lo mucho que la extrañaría, pero ella nunca había aprendido a interpretar sus gestos, por lo que se fue creyendo que simplemente estaba despidiéndose al hacer aquél movimiento de avestruz con la cabeza; pero no bien hubo avanzado el tren poco más de medio kilómetro, él sacó del bolsillo de su pantalón el pañuelo amarillo del amor y ella, desde la distancia, sonrió y buscando su lugar en el asiento pensó: "Nos veremos nuevamente" y siguió sonriendo hasta que hubo llegado a su destino.
[Te despides de mi con ese gesto impracticable del deseo, que es la excusa primaria del amor. Me sonríes como si tu boca fuera ese pañuelo amarillo que me hace regresar. Y yo, en secreto, sueño con que se oxiden los rieles con la lluvia, para no tener que emprender nunca más el viaje, para quedarme allí, mirándote, mientras escribo estas palabras]
Los rieles se oxidaron cuando ella estaba al otro lado de la vida, lejos de él, soñando con su pañuelo amarillo. Sentada en la ventana, la mujer sólo puede mirar a las aves que se pasean por los cielos; a su lado, en una mecedora que no ha dejado de crujir con los años, está sentada la ausencia. Toma su lápiz y se coloca en posición de ataque; su desnudez, tan pálida, hace juego con aquél rojo del labial en el espejo, y un infinito deseo de sangre se apodera de aquél pequeño trozo de madera y de grafito. La ausencia es una vieja loca que no bien orina en cada rincón de la casa, se mete a la cocina y se roba el alimento. El lápiz en alto, la mecedora crujiendo y luego la carne penetrada que escribe sobre el piso de madera una palabra parecida a la tristeza.
[Con el asomo de tus piernas que cruzan los umbrales del rincón en que me encuentro, se agitan los lápices como borrando los errores de la ausencia, escribiendo nuevas frases que guardo dulcemente en las esquinas de mis dedos y que dejo caer sobre tu espalda en el abrazo con que te beso en sueños]
Y luego un día pudo la mujer ver el pájaro más grande y más hermoso que volaba cerca a su ventana. Sonrió al reconocerlo. El hombre pidió disculpas por haberse demorado tanto. "Lleva tiempo hacerse un buen par de alas", le dijo y la llevó lejos volando de regreso por el camino silencioso donde antes se escuchara mugir el tren con su ímpetu de toro rabioso. Ahora sólo quedaban los rieles recubiertos por sendos matorrales que iban devorando a su paso todo cuanto se encontraban, todo menos el amor, el amor volaba como un pañuelo amarillo robado por el viento del bolsillo del amante.
Fragmentos Muertitos - VI
Nueve de la noche. Treintayunodejulio de dosmildiez. Escuchando a Willie Colón: "Borrando la palabra pena en el diccionario de la vida mía. Y ven a curar tu negro que llegó borracho de la bohemía matando con una sonrisa de los labios tuyos mi melancolía".
Cuando Lucio hundió por primera vez sus pies en el agua, sintió como si una rama se desgajara del árbol al que ha estado atada tanto tiempo y, una vez en el suelo, sirviera de bastón para un viajero cansado que lleva mucho tiempo lejos de su casa. Al principio creyó que las palabras de Gabriela le generaban desconfianza -nunca había dudado de su amor hasta que ella le propuso que la acompañara a la bañera-, pero a medida que pasaban los segundos iba descubriendo que la desconfianza estaba en aquella visión de la espuma que se hacía cada vez más densa y lo ocupaba todo, ocultando de sus ojos el cuerpo desnudo de la mujer. Si pudiera ver su sexo a través del agua, ya estaría dentro de la bañera antes de que ella terminara de invitarlo, pero ese velo blanco que amenazaba con negarle el placer de la virginidad contemplada se transformó en miedo.
Sí, eso era, antes tenía miedo de que ella no le permitiera tocar su sexo ni atravesar aquél velo de espuma que la hacía virgen, pero ahora, parado allí, al pie de la bañera, a medio vestir, tenía miedo de ser la rama que se cae del árbol. Pero Gabriela podía convencer a cualquiera, así que el hombre accedió a entrar en la bañera y, una vez tuvo sus pies adentro, pudo escuchar el sonido de la rama cayendo. El equilibrio se había fracturado justo en la mitad del húmero; ya en el suelo, Lucio no puede ser más que un bastón.
Mientras rompía con sus manos la espuma, dejando aquí y allá hondos agujeros del amor, Lucio lamentó que las ramas no pudieran regresar a sus árboles y aferrarse nuevamente a la corriente de su savia. Antes, cuando la amaba lejos de la bañera, cuando imaginaba sus carnes desnudas bajo la ropa, se sentía mucho más vivo. Ahora que estaba reducido a su papel de rama, se sentaba a llorar en el sofá donde tantas veces la miró sin tocarla. Y afuera los potros del viento anunciaron la llegada de la tormenta; los techos gritaban de temor, los árboles crujían y las ramas, temblando, se aferraban con fuerza a sus troncos. Hacía muchos años que no había una tormenta semejante, incluso la lluvia tenía miedo de la lluvia y podía verse en las ventanas cómo una gota escapaba de otra gota. Lucio lloraba. Y otra gota veía truncada la huida cuando una gota de mayor tamaño se adelantaba a su paso. Ahora Lucio abría la ventana de suerte que muchas gotas se tragaban sus lágrimas, pero el viento era tan fuerte que el hombre crujió y se fracturó por la mitad y ya Gabriela no quiso apoyarse en un bastón partido.
[Ahí estas vos mirándome como se mira a las ramas de los árboles... pero soy un pájaro, y te miro como si fueras un pedazo de aire que me ayude a desplegar las alas]
Cuando Lucio hundió por primera vez sus pies en el agua, sintió como si una rama se desgajara del árbol al que ha estado atada tanto tiempo y, una vez en el suelo, sirviera de bastón para un viajero cansado que lleva mucho tiempo lejos de su casa. Al principio creyó que las palabras de Gabriela le generaban desconfianza -nunca había dudado de su amor hasta que ella le propuso que la acompañara a la bañera-, pero a medida que pasaban los segundos iba descubriendo que la desconfianza estaba en aquella visión de la espuma que se hacía cada vez más densa y lo ocupaba todo, ocultando de sus ojos el cuerpo desnudo de la mujer. Si pudiera ver su sexo a través del agua, ya estaría dentro de la bañera antes de que ella terminara de invitarlo, pero ese velo blanco que amenazaba con negarle el placer de la virginidad contemplada se transformó en miedo.
Sí, eso era, antes tenía miedo de que ella no le permitiera tocar su sexo ni atravesar aquél velo de espuma que la hacía virgen, pero ahora, parado allí, al pie de la bañera, a medio vestir, tenía miedo de ser la rama que se cae del árbol. Pero Gabriela podía convencer a cualquiera, así que el hombre accedió a entrar en la bañera y, una vez tuvo sus pies adentro, pudo escuchar el sonido de la rama cayendo. El equilibrio se había fracturado justo en la mitad del húmero; ya en el suelo, Lucio no puede ser más que un bastón.
Mientras rompía con sus manos la espuma, dejando aquí y allá hondos agujeros del amor, Lucio lamentó que las ramas no pudieran regresar a sus árboles y aferrarse nuevamente a la corriente de su savia. Antes, cuando la amaba lejos de la bañera, cuando imaginaba sus carnes desnudas bajo la ropa, se sentía mucho más vivo. Ahora que estaba reducido a su papel de rama, se sentaba a llorar en el sofá donde tantas veces la miró sin tocarla. Y afuera los potros del viento anunciaron la llegada de la tormenta; los techos gritaban de temor, los árboles crujían y las ramas, temblando, se aferraban con fuerza a sus troncos. Hacía muchos años que no había una tormenta semejante, incluso la lluvia tenía miedo de la lluvia y podía verse en las ventanas cómo una gota escapaba de otra gota. Lucio lloraba. Y otra gota veía truncada la huida cuando una gota de mayor tamaño se adelantaba a su paso. Ahora Lucio abría la ventana de suerte que muchas gotas se tragaban sus lágrimas, pero el viento era tan fuerte que el hombre crujió y se fracturó por la mitad y ya Gabriela no quiso apoyarse en un bastón partido.
[Ahí estas vos mirándome como se mira a las ramas de los árboles... pero soy un pájaro, y te miro como si fueras un pedazo de aire que me ayude a desplegar las alas]
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
