Querido Bernardo:
Aunque intento recordar los acontecimientos sucedidos en nuestro último encuentro en la Calle de las Ánimas, las imágenes difusas de aquella tarde se mezclan con los recuerdos de otros días que fueron fieles testigos de nuestros juegos infantiles, porque en aquella calle siempre fuimos niños, de suerte que en un recuerdo estás vestido de azul y en otro tienes una camisa blanca de esas que incitan al café a derramarse; luego te veo escondido detrás del muro aquél donde tantas veces nos escondimos para espiar a Dolores o María o Casandra, aquella mujer de tantos nombres y ninguno que ocupó gran parte de nuestros delirios juveniles (¿cómo habrían sido las cosas si le hubiéramos preguntado su nombre en vez de nombrarla a nuestro antojo, si la hubiésemos invitado al Café del Camino para que el viejo Eustaquio le ofreciera su mejor café en nuestro nombre?); más tarde te veo sentado en el borde de uno de los tejados lanzando una ráfaga de proyectiles que es esa orina caliente con que te gustaba asustar a los gatos. Y sumido, así, en mis pensamientos, con la vergüenza propia de quien no logra recordar los últimos minutos que pasó junto a su amigo de siempre, recuerdo las lágrimas de aquella tarde y me veo los ojos nublados por esa tela densa del amor que parece refugiarnos ante el dolor de una despedida.
La memoria tiene sus entronques, algunos suaves como el caer de dos cuerpos en un colchón mullido, otros duros como el batallar de dos almas que deben separarse más por obligación que por derecho. En el último recuerdo de nuestra amistad, te veo de pie junto al muro más alto de la Calle de las Ánimas alzando tus manos al viento como queriendo decir: “si alguna vez regresas a este puerto la estatua de nuestra amistad seguirá de pie, esperando”. Me fui con el corazón lleno de deseos de volver, de recorrer las calles de nuestra ciudad tranquila y musical, porque allí todo era música, desde los tacones de Dolores-María-Casandra hasta los golpeteos de la lluvia sobre el espantado cuerpo de los gatos. Y aquí, después de tantos años, ante el probable regreso a aquella tierra que está tan clavada en lo profundo del pecho, clamo al cielo por la existencia de aquella estatua que aún con el cambiar de las ciudades, espero siga en su sitio, tan grande, tan sublime como antes.
Como desconozco tu paradero actual, envío esta carta a manos de tu madre, que tantas veces fue mi madre, con la esperanza de que la haga llegar lo antes posible a su destino y que, con la prontitud del rayo que mutila el viento y desgaja los árboles, me escribas una respuesta que alivie un poco la carga de mis días. En los tiempos de sequía, los amigos son los mejores consejeros; más aún si la sequía tiene su origen en el corazón. Seis años de matrimonio me bastaron para abrirme una herida del tamaño del pecho. Luego, los rumores de guerra desataron una incontrolable niebla de sospecha en esta ciudad, que no debo nombrar por temor a represalias; se hizo imposible salir a la calle sin ser observado con cautela por los vecinos y los prevenidos transeúntes; aquellos que antes saludaban a viva voz y con toda la cordialidad de quien se preocupa por los asuntos del otro, ahora volteaban la mirada como si persiguieran ratones por los huecos de las alcantarillas para evitar el saludo. El tiempo apremia y es preciso que salga de aquí lo antes posible: parece que están persiguiendo a todo aquél que tenga debilidad por los artistas.
A veces, cuando la noche se agita demasiado por los impulsos magnéticos del disco lunar, las almas se contraen sobre sí mismas y parecen refugiarse en los labios del amante de turno, en las algarabías de los niños del barrio que son fieles confidentes del ridículo, en las risas agitadas de los perros que ya no se detienen ante el hueso descarnado. A veces, esas almas parecen llorar, pero no son lágrimas las que salen de las cuencas abiertas de sus ojos; salen palabras que dicen lo que los labios no se atreven a decir por temor a ser asesinados por el beso mayor de la Censura. Ni aún con todos los escapes hacia la libertad que ofrece la intimidad de mi imaginación exaltada logro sentirme a salvo. Anoche lloré y me siento orgulloso de ello, eran lágrimas cargadas de memoria, lágrimas que me empujaban sobre mis pasos para hacerme fuerte. Y ahora que escribo estas palabras, sentidas con el alma, siento que me desprendo de un pesar tan grande como el pesar mismo, al saber que en algún lugar del mundo está mi hogar y que Bernardo Soler, mi cómplice de tantos trances, sabrá escuchar mis palabras y sonreír.
Con el amor en los labios y en los dedos, tu compañero, tu hermano,
Antonio Verden
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