Nueve de la noche. Treintayunodejulio de dosmildiez. Escuchando a Willie Colón: "Borrando la palabra pena en el diccionario de la vida mía. Y ven a curar tu negro que llegó borracho de la bohemía matando con una sonrisa de los labios tuyos mi melancolía".
Cuando Lucio hundió por primera vez sus pies en el agua, sintió como si una rama se desgajara del árbol al que ha estado atada tanto tiempo y, una vez en el suelo, sirviera de bastón para un viajero cansado que lleva mucho tiempo lejos de su casa. Al principio creyó que las palabras de Gabriela le generaban desconfianza -nunca había dudado de su amor hasta que ella le propuso que la acompañara a la bañera-, pero a medida que pasaban los segundos iba descubriendo que la desconfianza estaba en aquella visión de la espuma que se hacía cada vez más densa y lo ocupaba todo, ocultando de sus ojos el cuerpo desnudo de la mujer. Si pudiera ver su sexo a través del agua, ya estaría dentro de la bañera antes de que ella terminara de invitarlo, pero ese velo blanco que amenazaba con negarle el placer de la virginidad contemplada se transformó en miedo.
Sí, eso era, antes tenía miedo de que ella no le permitiera tocar su sexo ni atravesar aquél velo de espuma que la hacía virgen, pero ahora, parado allí, al pie de la bañera, a medio vestir, tenía miedo de ser la rama que se cae del árbol. Pero Gabriela podía convencer a cualquiera, así que el hombre accedió a entrar en la bañera y, una vez tuvo sus pies adentro, pudo escuchar el sonido de la rama cayendo. El equilibrio se había fracturado justo en la mitad del húmero; ya en el suelo, Lucio no puede ser más que un bastón.
Mientras rompía con sus manos la espuma, dejando aquí y allá hondos agujeros del amor, Lucio lamentó que las ramas no pudieran regresar a sus árboles y aferrarse nuevamente a la corriente de su savia. Antes, cuando la amaba lejos de la bañera, cuando imaginaba sus carnes desnudas bajo la ropa, se sentía mucho más vivo. Ahora que estaba reducido a su papel de rama, se sentaba a llorar en el sofá donde tantas veces la miró sin tocarla. Y afuera los potros del viento anunciaron la llegada de la tormenta; los techos gritaban de temor, los árboles crujían y las ramas, temblando, se aferraban con fuerza a sus troncos. Hacía muchos años que no había una tormenta semejante, incluso la lluvia tenía miedo de la lluvia y podía verse en las ventanas cómo una gota escapaba de otra gota. Lucio lloraba. Y otra gota veía truncada la huida cuando una gota de mayor tamaño se adelantaba a su paso. Ahora Lucio abría la ventana de suerte que muchas gotas se tragaban sus lágrimas, pero el viento era tan fuerte que el hombre crujió y se fracturó por la mitad y ya Gabriela no quiso apoyarse en un bastón partido.
[Ahí estas vos mirándome como se mira a las ramas de los árboles... pero soy un pájaro, y te miro como si fueras un pedazo de aire que me ayude a desplegar las alas]
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