viernes, 13 de agosto de 2010

Fragmentos Muertitos - VII

Dosymediadelamadrugada. Dosdeagosto de dosmildiez. En blanco.

Y él asintió con la cabeza porque no pudo decirle ya con la boca lo mucho que la extrañaría, pero ella nunca había aprendido a interpretar sus gestos, por lo que se fue creyendo que simplemente estaba despidiéndose al hacer aquél movimiento de avestruz con la cabeza; pero no bien hubo avanzado el tren poco más de medio kilómetro, él sacó del bolsillo de su pantalón el pañuelo amarillo del amor y ella, desde la distancia, sonrió y buscando su lugar en el asiento pensó: "Nos veremos nuevamente" y siguió sonriendo hasta que hubo llegado a su destino.

[Te despides de mi con ese gesto impracticable del deseo, que es la excusa primaria del amor. Me sonríes como si tu boca fuera ese pañuelo amarillo que me hace regresar. Y yo, en secreto, sueño con que se oxiden los rieles con la lluvia, para no tener que emprender nunca más el viaje, para quedarme allí, mirándote, mientras escribo estas palabras]

Los rieles se oxidaron cuando ella estaba al otro lado de la vida, lejos de él, soñando con su pañuelo amarillo. Sentada en la ventana, la mujer sólo puede mirar a las aves que se pasean por los cielos; a su lado, en una mecedora que no ha dejado de crujir con los años, está sentada la ausencia. Toma su lápiz y se coloca en posición de ataque; su desnudez, tan pálida, hace juego con aquél rojo del labial en el espejo, y un infinito deseo de sangre se apodera de aquél pequeño trozo de madera y de grafito. La ausencia es una vieja loca que no bien orina en cada rincón de la casa, se mete a la cocina y se roba el alimento. El lápiz en alto, la mecedora crujiendo y luego la carne penetrada que escribe sobre el piso de madera una palabra parecida a la tristeza.

[Con el asomo de tus piernas que cruzan los umbrales del rincón en que me encuentro, se agitan los lápices como borrando los errores de la ausencia, escribiendo nuevas frases que guardo dulcemente en las esquinas de mis dedos y que dejo caer sobre tu espalda en el abrazo con que te beso en sueños]

Y luego un día pudo la mujer ver el pájaro más grande y más hermoso que volaba cerca a su ventana. Sonrió al reconocerlo. El hombre pidió disculpas por haberse demorado tanto. "Lleva tiempo hacerse un buen par de alas", le dijo y la llevó lejos volando de regreso por el camino silencioso donde antes se escuchara mugir el tren con su ímpetu de toro rabioso. Ahora sólo quedaban los rieles recubiertos por sendos matorrales que iban devorando a su paso todo cuanto se encontraban, todo menos el amor, el amor volaba como un pañuelo amarillo robado por el viento del bolsillo del amante.

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